Hace poco estuve en un curso muy especial: defensa personal. Lo convocaba mi sindicato (sí , soy de un sindicato, qué pasa, los pilotos y controladores aéreos también lo tienen, aunque lo aprovechan mejor que los médicos) . Vicente Cañaveras Ballesteros, gran maestro , y David, maestro de Kung Fu, transmitieron su saber durante dos días (bueno, también Miguel Angel fue mi maestro ). Aprendimos llaves y recursos para la defensa ante ataques que pueden ocurrir cualquier día en nuestras consultas.
Sí, porque se dice que cada vez son más los médicos y personal de enfermería agredidos, especialmente en atención primaria y servicios de urgencias (que levante la mano quien no haya tenido alguna experiencia personal o como testigo).
Yo tuve un pequeño incidente. Una paciente intentó pegarme con la muleta que portaba, además de insultarme y ponerme verde delante de los pacientes que aguardaban en la sala de espera. En mi defensa , diré que tenía trastornos psiquiátricos (ella, yo no).
La experiencia fue algo penosa. Porque, aunque lo cuente ahora más relajado, viví – al modo “light”-las consecuencias psicológicas que refieren los manuales sobre el maltrato: confusión, culpabilidad, tristeza.
No lo denuncié . Comuniqué el hecho a mi Gerencia. Recibí una amable carta aludiendo a un “protocolo”. Todo consistió en cambiar de turno a mi paciente –es lo que ella quería-.Bueno, pensé, espero no encontrármela ningún día con un cuchillo en el párking de mi centro. Lo que pasó fue más jocoso.
Un día escuché gritos desde mi consulta. Era mi paciente, que había llegado una hora tarde a hacerse una analítica. Sus gritos ya no iban dirigidos a mi humilde persona. Ahora eran extensibles a tooodo el personal de mi centro . La armó . Y consiguió lo que quería: se hizo el análisis. El protoculo había funcionado.

